El caso es que llevaba desde el martes queriendo escribir sobre esto. Fue uno de esos días en los que poco después de levantarte sabes que todo va a ir mal. En particular los problemas vendrían ocasionados por el exceso de pan rallado en el espacio extracelular del cerebro de las personas con las que me crucé. Contenedores de reciclaje, jornadas de recepción, dependientas de tiendas… y lo peor… el tráfico motorizado.
Irónico el detalle de la matrícula terminada en FLY justo cuando pasábamos 5 minutos en una calle de un sólo carril porque el bus de la derecha estaba desembarcando los bártulos de un grupo de guiris.
Podría describir las situaciones más representativas de la jornada pero ahora que al fin tengo un rato para esto… me doy cuenta de que lo importante no es eso. No concuerda con mi cualidad de estudiante de ciencias (porque sí, en mi facultad se considera la Psicología como una ciencia señores, al igual que en el resto de Europa aunque le pese a la sociedad) el creer en la mala suerte y cosas del estilo. Más bien creemos en probabilidades y en profecías que se cumplen a sí mismas.
En cualquier caso… ese coche azul marino con matrícula de Barcelona que más que eses iba haciendo zetas delante mía cuando subía a mi facultad esa tarde… hace que uno llegue ya a plantearse si es mejor quedarse en casa esos días en los que las probabilidades van en contra.
